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Pastel para enemigos

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Hubiera sido un verano perfecto, pero Claudio García, mi único enemigo en mi lista de enemigos se mudó a mi barrio. Por suerte mi padre era un entendido en enemigos y me propuso un truco para deshacerme de él: Un pastel para enemigos. Mi padre me dijo que, para que el pastel surtiera efecto debería invitar a Claudio, pasar un día entero con él y ser muy simpático. Yo estaba dispuesto a cualquier cosa, así que fui en bici a su casa y le invité a jugar en la mía. Dimos una vuelta, y luego jugamos toda la tarde e incluso le dejé entrar en mi cabaña. Cuando mi padre nos llamó para cenar, empezaba a dudar si debía mantenerle en mi lista de enemigos: ¡A lo mejor no era tan malo! Y cuando tuvimos el pastel en el plato, un gran pánico se apoderó de mí y le grité a Claudio que no se lo comiera. Acababa de perder a mi mejor enemigo.

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Datos del libro

TítuloPastel para enemigos
Edad recomendada:A partir de 7 años
Nº de páginas:34
Encuadernación:Tapa dura
Año edición:2006
Autor/a:Munson - Calahan
Editorial:Juventud
ISBN:978-84-261-3372-4
TAGS:Tolerancia, amistad, comprensión, conformidad, paz, aceptación, empatía, cordialidad
Rango de edad+ 5 años

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Pastel para enemigos

Pastel para enemigos es una narración con un lenguaje sencillo y fácil de entender ideal para primeros lectores. Un relato para aprender por experiencia propia una forma positiva de resolver los conflictos.

Pastel para enemigos es un álbum con deliciosas ilustraciones y recetas para convertir los impulsos de venganza en el inicio de una larga amistad.

A partir de 7 años.

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Hubiera sido un verano perfecto, pero Claudio García, mi único enemigo en mi lista de enemigos se mudó a mi barrio. Por suerte mi padre era un entendido en enemigos y me propuso un truco para deshacerme de él: Un pastel para enemigos. Mi padre me dijo que, para que el pastel surtiera efecto debería invitar a Claudio, pasar un día entero con él y ser muy simpático. Yo estaba dispuesto a cualquier cosa, así que fui en bici a su casa y le invité a jugar en la mía. Dimos una vuelta, y luego jugamos toda la tarde e incluso le dejé entrar en mi cabaña. Cuando mi padre nos llamó para cenar, empezaba a dudar si debía mantenerle en mi lista de enemigos: ¡A lo mejor no era tan malo! Y cuando tuvimos el pastel en el plato, un gran pánico se apoderó de mí y le grité a Claudio que no se lo comiera. Acababa de perder a mi mejor enemigo.

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